martes, 21 de agosto de 2012

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Todos los días quedábamos después de comer para charlar en nuestro banco. Antes de mis clases de guitarra y después, antes de cenar y después, nos veíamos una media de dos o tres veces al día, sin contar con las veces que hablábamos por sms, llamadas, correos, tuenti...
La dinámica de los días malos empezó cuando me contaste aquello. Me crujió por dentro. Lo noté e incluso pude oirlo. Sé que tu también. A partir de ahí siempre me has consolado tú. Abrazos, besos, palabras e incluso tonterías. Hicimos del problema un chiste y yo me lo creí. Creí que sólo era eso, así que lo dejé pasar.
Sólo me ponía triste por una razón y esa razón eras tú, así que inmediatamente acudía a ti y me consolabas una y otra vez. 
Hemos estado así dos años.

El día que me llamaste tú. El día que tuve que consolarte yo a ti, conocí de verdad lo que era el miedo.

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