Hagan
un pequeño ejercicio conmigo. Escuchen esta canción y respiren hondo.
Ahora, bien...
¿Conocen ustedes esa sensación plena que se siente, en el momento culmen de un ataque de risa? Sí, ya
saben, cuando se quedan sin aliento y de repente cogen una bocanada de aire.
Supongo que es ahí donde todo empieza y donde todo acaba: En un
ataque de risa exacerbado, interminable y agobiante.
¿Un ser humano sería capaz de dejar de ansiar lo que no tiene?
¿Podemos seguir tocando lo que ya no está? ¿Abrazarlo o besarlo? ¿Mirar
fijamente esos familiares ojos cansados?
Es, entonces, cuando temes la rutina. Cuando tu cuerpo mortal se
acostumbra a un día a día antinatural. Te vistes de blanco en una habitación
tranquila y brillante, donde todo está muerto, menos el olor que te deshace la
nariz: Lejía, desinfectante y anestesia. Un cóctel hecho a traición para
extraños como tú. Pero, el olor ya es rutina, el blanco ya es rutina, las
esperas, la incompetencia, la ansiedad. Una rutina antinatural. Una realidad
artificiosamente falsa. Mi rutina.
Pero un rincón en la azotea nos salva. Nos separa de la fobia con la
que tenemos que convivir. Esa azotea rompe nuestra piel de papel, que ha ido
creando nuestra jaula de amoniaco. A veces, ayudamos a mudar esa piel
desquebrajada, nos quitamos esa tela blanca y nos convertimos en hojas, hierba
y aire. Viajamos. Sólo somos cuerpos levitando en luz.
Comienzo a adorar mi rutina, porque sé que después vendrá mi descanso
clandestino. Durante días, meses y años, encontrábamos paz donde no la había,
degustábamos el viento en plenas tormentas, y saboreamos las amargas tardes
inventando historias con gente que no conocíamos. Vimos e, incluso, pudimos
tocar la victoria final. La rozamos. La teníamos.
Nos equivocamos.
Desde aquel error tan ingenuo y tan nuestro, mi rutina se tornó. No
más ropa blanca, ni habitaciones brillantes que apestaban a pudor, no más caras
sonrientes desconocidas, no más esperas, no más ideas abstractas de un final
positivo, no más nada. No más azoteas.
Ya no íbamos a ser nunca más hojas, ni hierba, ni mucho menos aire. Ya
no íbamos a viajar jamás.
-Hérisson-